22 julio 2009

El enemigo

En tu agónica búsqueda de la felicidad, amortajas bien tus ojos y te lanzas, a tu edad, a los clavos ardientes de la desdicha, con su melena rubia, parda y lacerante. Parece que, entre los gemidos, respiras satisfecho cuando te hieren sin motivo. Haces de tu sino la condena del hedonismo e, inconsciente e insistente, farfullas plegarias y dudas: Qué he hecho yo, qué he hecho yo, qué he hecho yo… Sin poner fin al castigo que te has impuesto.
Está en tu mano, te recuerdo.
Cuando decidas aceptar tus propias mentiras y sacarte los cuchillos, cuando el victimismo se te agote,
¿qué harás?
Demasiado joven como para estar cansado de luchar, demasiado maduro como para no saber lo que ocurre. Vas a tirar los granos de arena de tu reloj por la borda, dejándolos mojados de sal y húmedos de hiel, una permanente herida abierta que no dejas de rascarte.
Cuando decidas que ya no quieres más veneno
y escuches las verdades de los labios que te quieren
recuerda que sigo aquí
tratando de ayudarte.



Yo no soy el enemigo,
te susurro
para eso, mírate al espejo.

5 comentarios:

Charal dijo...

=) Esa playa en particular casi siempre es fría, la lluvia fue toda una sorpresa! ^^

-Cuando decidas que ya no quieres más veneno y escuches las verdades de los labios que te quieren recuerda que sigo aquí tratando de ayudarte- De nuevo me ganas XDD

Salu2 y buenas vibras para ti!

DANI dijo...

No pienses que hundirse es malo. Lo importante es renacer más fuerte. Yo necesito mis dias de lágrimas para deshacerme de toda la mierda y sentirme limpio.

Así que lo importante no es si tiras los granos de arena de tu reloj por la borda, sino que después seas capaz de recogerlos y que no falte ni uno ;)

Besos

La sonrisa de Hiperión dijo...

Todos llevamos dentro nuestro propio enemigo, ese que nos odia porque sabemos que ambos llevamos la razón...

Saludos y un beso!

manuel_h dijo...

es tan cómodo eso de vivir desdichado!!

Anónimo dijo...

La zorra y las uvas


Era otoño, y la zorra que vivía en una madriguera del bosque, cada noche se atracaba de ratones, que eran muy gordos en aquella época del año, y también un poco tontos, porque se dejaban cazar con facilidad.

A decir verdad, la zorra hubiese preferido comerse alguna buena gallinita de tiernos huesecitos, pero hacia tiempo que el guardián del gallinero era un perrazo poco recomendable, y había que contentarse con lo que el bosque ofrecía: ratones, ranas y algún lirón.

El caso es que una mañana la zorra se despertó con cierta sequedad en la

garganta y con un vivo deseo de comer algo refrescante distinto de su acostumbrada comida. Por ejemplo, un buen racimo de uvas. Y llegaba hasta ella un rico olorcillo de uva moscatel.

"Bueno -dijo para sí la zorra-. Hoy quiero cambiar. Después de tanta carne de ratón, me sentará bien un poco de fruta."

Y se dirigió hacia la parra cuyo aroma había percibido. Apretados racimos colgaban de ella. Había muchos, pero...

"¡Que extraño! -rezongó el animal-, no creí que estuvieran tan altos. De un buen salto los alcanzaré."


Tomó carrera y saltó abriendo la boca. Pero, ¡qué va! Llegó a un palmo del racimo: el salto se le quedó corto. Sin embargo, la zorra no se desanimó. De nuevo tomó carrera y volvió a saltar: ¡nada! Probó otra vez e insistió en la prueba, pero las uvas parecían cada vez más altas.

Jadeando por el esfuerzo, la zorra se convenció de que era inútil repetir el intento. Los racimos estaban a demasiada altura para poder alcanzarlos de un salto.

Se resignó, pues, a renunciar a las uvas, y se disponía a regresar al bosque, cuando se dio cuenta de que desde una rama cercana un pajarillo había observado toda la escena. ¡Qué ridículo papel estuvo haciendo! Precisamente ella, la señora zorra, no había conseguido apoderarse de lo que le gustaba. Pero al punto halló lo que creyó una salida airosa

-¿Sabes? -dijo, dirigiéndose al pajarillo-, me avisaron de que estaban maduras, pero veo que aún están verdes. Por eso no quiero tomarlas. Las uvas verdes no son un plato apropiado para quien tiene tan buen paladar como yo.



Y se fue arrogante, segura de haber quedado dignamente, mientras el pajarillo movía la cabeza divertido.

FIN